El Blog de “Creciendo con David”

Hace poco he descubierto este blog, el de la mamá de David, un niño muy afortunado por tenerla como mamá, pues lo quiere de forma incondicional y no tiene miedo de demostrarlo.

Ha publicado este post que me ha encantado, y os hago un copy paste, porque realmente vale la pena leerlo detenidamente y con empatía.

El mal uso de la palabra consentir.

Todos o casi todos, en algún momento u otro (y algunos mucho más de lo que nos gustaría) hemos oido eso de que estamos consintiendo demasiado a nuestros hijos y que los vamos a convertir en unos consentidos. Y los que no lo hayan oido, posiblemente lo hayan dicho a su vez a otros papás.

En este contexto, se entiende que consentir es algo malo y que acarrea malas consecuencias para nuestros hijos, teniendo que evitarlo si queremos criarlos correctamente y que sean personas de provecho.

Pero si observamos la palabra consentir nos daremos cuenta de que se compone de “sentir con”. Y os pongo un ejemplo de como cambian las cosas cuando dotamos a la palabra consentir de este nuevo significado:

Yendo de compras , de camino al supermercado, David repara en el parque y me pide que vayamos. Le digo que vamos a comprar, pero el, eufórico ante la idea de un rato de juegos, insiste en ir. Según cual sea nuestro enfoque, podemos adoptar una de estas dos actitudes:

– No “consentirle” su capricho siguiendo adelante con nuestros planes o “consentirle” lo que sentimos que no debemos consentir porque somos unos blandos.

Desde este enfoque, en el que consentir a nuestros hijos es negativo,  o bien siempre nos sentiremos mal cuando cambiemos de planes para darles aquello que demandan, o bien nunca cederemos para sentirnos bien con nosotros mismos y no criar niños consentidos.

– “Sentir con”  nuestro hijo su deseo de ir al parque, valorar si la actividad que íbamos a hacer se puede posponer y si es viable acceder, darle la posibilidad de cumplir ese deseo y obrar en consecuencia.

Desde este enfoque, tomemos la decisión que tomemos nos sentiremos bien con nosotros mismos y creo que daremos a nuestros hijos una valiosa lección. .. si existe la posibilidad de hacer realidad su deseo lo hacemos y si lo consideramos imposible lo negamos, pero ni lo negamos arbitrariamente ni por miedo a “consentir”… lo negamos porque en ese momento resulta imposible.

Creo que una vez más, el mundo se empeña en vivir de espaldas al niño y sus sentimientos, utilizando y manipulando el vocabulario a su antojo para conseguir sus fines. Yo consiento a mi hijo, si… le consiento ir al parque cuando lo pide, o al museo, o a la playa. Le consiento un trozo de chocolate, le consiento ir a bracitos,  le consiento dormir conmigo.

Siento con el su deseo de dar un paseo, de comer un dulce, de sentirse entre mis brazos y trato de que los pueda cumplir porque me siento bien haciendolo y porque se que así lo hago feliz. Pero también hay ocasiones en las que siento con el su deseo de bañarse en la playa en un día frío, de ir al parque mientras llueve a cantaros, o de salir al museo cuando tengo otra obligación ineludible y con todo el dolor de mi corazón se lo niego. Pero no por miedo a consentirle, sino por que considero que no es posible realizar lo que demanda en ese momento.

Y mi niño, al que tanto consiento, suele aceptar esas negativas sin grandes problemas, demostrándome de esta manera que el hecho de consentir convierte en un consentido, pero que el término consentido no es sinónimo de déspota, de tirano ni de pequeño dictador.  David se sabe querido y sabe que sus papás sienten con el. Sabe que siempre que sea posible, trataremos de que sus deseos se cumplan, de la misma manera que tratamos de cumplir nuestros propios deseos o apetencias y los de quienes queremos.

Así que os animo a dotar de este segundo y verdadero significado a la palabra consentir… vereis como todo es más fácil y los días se vuelven un poquito más felices!”

Abrazos a todos!

«Perdimos la cultura de la lactancia; ahora la recuperamos»

Os pego una entrevista súper interesante, prohibido perdérsela (Tb os pongo el link, para que veáis la original).

Perdimos la cultura de la lactancia; ahora la recuperamos.

CARLOS GIL Adolfo Gómez Papí es un defensor de la lactancia natural y favorable a la humanización del parto. Es autor de obras como «El poder de las caricias» y el próximo martes, (13.00 horas, hospital «Virgen de la Concha»), ofrece una conferencia en Zamora sobre «La importancia de la primera hora», dentro de los actos de la Semana de la Lactancia.

-La primera hora tras el nacimiento de los bebés, ¿es tan importante?

-En vez de separarlos, bañarlos, secarlos y perfumarlos, hay que colocarlos encima de su madre piel con piel. Porque esto tiene muchísimos beneficios tanto para el bebé como para su madre, es fundamental.

-¿Qué beneficios tiene?

-Tiene varios ya demostrados. El primero, que se establece el vínculo madre-hijo. La madre cuando le colocas el bebé sobre la piel, además todos se mueven de una manera muy peculiar, tiene un pico de oxitocina y se queda absolutamente prendada de su hijo. Todos los bebés se mueven de la misma manera, van directos al pecho y se agarran de forma perfecta; tardan un rato, bastante, pero cuando se agarran lo hacen con la boca tan abierta y tan bien que luego les es más fácil hacerlo. Tiene beneficios enormes en el éxito de la lactancia a medio y largo plazo y encima van a recuperar muchísimo antes la temperatura y se adaptan mejor a la vida fuera del vientre materno. Para la madre también ver a su hijo o su hija encima después del trabajo del parto le supone una satisfacción tremenda, se establece el vínculo de enamorarse perdidamente del fruto de sus entrañas. Todos los bebés, curiosamente, levantan la cabeza y miran a su madre y lo hacen con los ojos muy abiertos.

-¿Se tiende ya a buscar un parto cada vez más natural en los hospitales?

-Estamos empezando a recorrer este camino en muchos hospitales de España, y en Europa se han dado más pasos. La idea es que los partos que puedan sean lo más naturales posible y aquellos que necesiten intervención, que siempre hay un porcentaje, que la tengan. Pero son muchísimos más los que pueden evolucionar de forma natural sin que nadie intervenga.

-¿Partidario de la anestesia epidural?

-La epidural es un instrumento más que se puede utilizar. No soy obstetra y quizá mis compañeros obstetras no estén de acuerdo con lo que voy a decir, pero he leído muchos trabajos sobre partos naturales y me da la sensación, y además he visto, que cuando las cosas se dejan llevar de forma natural, si a la madre se la deja tranquila con la persona que tiene que estar en una habitación agradable, si se le deja moverse como ella quiere, caminar si necesita y en el momento de expulsar al bebé se le deja escoger la posición que quiere, es mucho más probable que no necesite la epidural. Porque ella fabrica unas hormonas que son parecidas a la morfina que la dejan un poco «colocada» y le facilitan que aguante todo ese periodo y se lo hacen más fácil de soportar. Pero si tu intervienes, hablas con ella, le pones monitores, le haces tactos rectales, le vas interrumpiendo, la mujer no logra ese estado que tiene que tener, esa «colocación» por decirlo de alguna manera y entonces va a necesitar el apoyo para el dolor. No se puede decir no a la epidural, pero si se hace de forma natural es mucho menos frecuente que la mujer necesite la epidural.

-Tenemos al niño, acaba de nacer, y llega la lactancia. Aquí hay unanimidad a favor de la natural.

-Yo creo que nunca nadie ha dudado que la lactancia materna es lo mejor para el bebé o de que un niño con quien mejor está es con sus padres. Lo que ha ocurrido es que se ha perdido lo que se llamaba la cultura de la lactancia materna, que se pasaba de madres a hijas durante generaciones. Eso se rompió a finales del siglo pasado, con la incorporación de la mujer al trabajo, la sociedad científica que se pensaba que había conseguido una leche casi mejor que la de la mujer, entonces se metió el biberón y se perdió esa transmisión. Hay muchas abuelas que apenas han dado el pecho. Lo que ahora se ha conseguido es volver a esa cultura de la lactancia, tanto por parte de la sociedad como de los profesionales sanitarios, que también ha habíamos perdido. Ahora sabemos más, sabemos cómo ayudar a esas personas que quieren dar el pecho, cómo superar las dificultades. Todas esas circunstancias han conseguido que haya muchas más madres que empiecen a dar el pecho y que sigan dándolo durante más tiempo. Es importante el apoyo porque la madre está insegura en el cuidado de su hijo, y si se le empieza que tiene poca leche o es de mala calidad, recurrirá al biberón. Por eso es importante que la sociedad y todo el personal sanitario sepa dar apoyo a la madre que quiera dar el pecho.

-Lo que choca más es otra idea: dar el pecho a demanda y durante el tiempo que quiera el niño. Parece que un niño ya de dos años es algo mayorcito.

-Tiene que ser a demanda porque los bebés no regulan. En el momento que tienen hambre es cuando tienen que comer y así se quedan mucho más tranquilos. Y poco a poco van cogiendo cierto rigor. Nos choca, como dice, ver a un niño de dos años tomando el pecho. Pero nos choca ahora, porque yo recuerdo perfectamente en la vaquería donde íbamos a comprar la leche, que su hijo de cuatro o cinco años iba hacia ella y mamaba. Eso era algo habitual.

-¿Qué tiempo es el conveniente?

-Seguramente de forma natural un niño tiene que mamar durante dos o más años. Los estudios antropológicos indican que entre los tres y los seis años sería lo normal. Pero claro, a esas edades, la lactancia no lo es todo, toman otro tipo de alimentación, además del pecho que sigue siendo un alimento pero no es el fundamental.

-El gusto por lo natural ha hecho aparecer también grupos de padres contrarios a las vacunas. ¿Qué le parece?

-Quiero comprender ese tipo de actitudes porque quizá hemos llegado a un punto en que parece que se tenga uno que vacunar contra todo. Cuando mis hijos eran pequeños se vacunaban de la mitad de cosas que ahora. Claro, eso a la gente le hace dudar. Pero eso no significa que las vacunas no sean efectivas. Todas las vacunas oficialmente recomendadas son muy efectivas. También creo que si todos los niños tomaran pecho seguramente no serían necesarias todas las vacunas. Por ejemplo, la del rotavirus, que da diarreas en los lactantes, pero es raro o son mucho más leves en los que toman el pecho. Vacunas si, pero debería invertirse el mismo dinero o más en lactancia natural, porque se conseguiría mucha mayor salud.

-Uno de sus libros, «El poder de las caricias». ¿Nos hemos pasado en eso de no mimar a los niños?

-En el libro pretendo explicar qué te vas a encontrar cuando eres padre o madre y tienes un bebé. Los cachorros humanos tienen una serie de necesidades y seguramente la más básica es sentirse protegidos y queridos por sus padres. Ellos no van a pensar hasta que no tengan una cierta edad, entonces solo se van a sentir protegidos y queridos estando en contacto con ellos. Todo lo que no sea estar en contacto con ellos les supone un estrés. No es de extrañar que en las zonas rurales de la mitad del mundo, de Asia, de África, de Latinoamérica o de Indonesia, los bebés sean llevados en pañuelo durante todo el día durante los seis primeros meses y luego frecuentemente hasta que tienen cierta edad. Y se ha visto que son bebés que no lloran nunca, más que cuando están enfermos. A diferencia de los nuestros, que cuando lloran lo que están manifestando es ese estrés que yo decía, están manifestando que no están siendo protegidos todo el día. Las caricias y el contacto aquí se han perdido. Nos han hecho creer que lo importante es no cogerlos en brazos para que no se malcríen, ponerles unas pautas y unos ritmos, porque si no…Eso son técnicas conductistas que en muchos casos tienen consecuencias. Y es ignorar las necesidades de los bebés.

-¿Muchas veces hacemos eso también por fiarnos menos de nuestro instinto y más de los expertos?

-Yo no conozco ninguna madre que oiga llorar a un niño y se quede tranquila, a menos que padezca alguna enfermedad grave, todas la cogerían en brazos, y es lógico. Y a lo que se lo insinúas ya lo están haciendo, porque es lo que querían oír. Es verdad, hemos seguido las indicaciones de supuestos expertos, basados en un tipo de educación rígida. La película «La cinta blanca» habla de la educación en la Alemania pre nazi y explica por qué los alemanes siguieron las instrucciones de Hitler con tanta obediencia. No es tan exagerado lo que nosotros hacemos, pero se basa en eso, en la obediencia pura y dura, lo haces porque lo digo yo, tienes que acostumbrarte a dormir solo…Y ahora se ha visto que esos niños que establecen esa relación con sus padres no tienen un apego seguro, son más inseguros, siempre tienen miedo y tienen tendencia el día de mañana a tener trastornos psicológicos, es más frecuente la neurosis en ellos, o el uso de ansiolíticos. Sin embargo los bebés que están con sus padres continuamente y reciben de ellos las atenciones que he explicado al principio son muy dependientes, pero luego de repente son mucho más independientes que los otros a los que hemos obligado a estar solos. El niño tiene que ser independiente cuando le toca serlo, no antes. Los cachorros de los simios están enganchados a sus madres día y noche, de tres a siete años. Y a ellos les dejas en el suelo y se agarran a su madre, a los nuestros los dejas en el suelo y se quedan ahí.

-¿Y cómo compaginar ese cuidado cercano con la vida normal, o cuando toca irse a trabajar?

-Efectivamente, es difícil. Yo me imagino que lo que tiene que haber es un cambio de mentalidad total. Claro que la incorporación de la mujer al trabajo ha sido muy importante. Las mujeres africanas o latinoamericanas trabajan mucho más que sus maridos: cultivan el campo, se dedican a la casa, a los animales, y todo lo hacen con los bebés atados en pañuelos. Seguramente si yo propusiera eso, dirían «este hombre está loco». No lo sé, pero seguramente tengamos que descubrir la forma de trabajar si despegarnos de nuestros hijos. Hay un ambiente para los niños, otro para los adultos y otro para los ancianos. En las sociedades menos civilizadas no existen diferencias de ambientes: los ancianos están con los jóvenes y los adultos, y los niños también. Eso es lo que tendríamos que conseguir. De hecho ya hay empresas como Google donde hay niños con sus padres trabajando en la empresa. No es tan raro lo que yo estoy diciendo. Lo que pasa es que se ve novedosa cuando es algo que se ha hecho ancestralmente durante muchísimos siglos.

-Quizá se podría implantar horarios más flexibles.

-Quizá. Desde luego hay que poner imaginación, porque ahora mismo tal y como están montadas las cosas, es difícil compaginar el cuidado de los hijos. Aún así, lo que es recomendable es que cuando se esté con los críos se esté de esta manera.

-¿Se siente a gusto aconsejando a los padres?

-Nadie tiene que decir a los padres lo que tienen que hacer. Les tienen que dar información. Es lo que intento.

Barcelona, 1957

Su padre era de Villalba de la Lampreana, donde tiene familia, aunque él nació en Barcelona. Está casado y es padre de tres hijos. Especialista en pediatría, trabaja en este servicio del Hospital Joan XXIII de Tarragona. Coordinador de la Comisión de Lactancia Materna del hospital, que trata de hacer pionero en la práctica del Método de la Madre Canguro. Desde 2002 es miembro del Comité de Lactancia Materna y desde 2008, del Grupo para la Humanización de la Asistencia al Nacimiento y la Lactancia.

 

La frase del día

El tiempo del parto es un tiempo sin tiempo.

“Colecho” por Carlos González

Esta es la respuesta del pediatra Carlos González a una madre que está preocupada, porque su hijita no “sabe dormir sola” hasta haber llegado a dormir los tres en la cama familiar “bebé, mamá y papá):

– Hola. Eso no es degenerar, eso es normalizarse. Los niños pequeños necesitan dormir con su madre. Eso es lo normal. Hacia los tres o cuatro años suelen aceptar el dormir solos si se les pide educadamente (aunque, por supuesto, ellos preferirían seguir durmiendo con su madres hasta los 10 o 12).Es muy importante que aprendan desde pequeñitos a dormir acompañados, porque así es como solemos dormir los adultos. Imagínate que no aprende a dormir con otras personas, y que cuando sea mayor no se quiere acostar con su marido. ¡Sería terrible! ¡No la conseguirías casar! ¡Tendríais que aguantarla en casa toda la vida! (o meterla monja…)De todos modos, si encuentras que tres en la cama es demasiado incómodo, habrá que sacar a alguien. Se puede usar un criterio de antigüedad (que se vaya quien más tiempo lleve durmiendo en tu cama), un criterio de maduración (que se vaya el más maduro), un criterio de espacio (que se vaya el que haga más bulto), un criterio de contaminación sonora (que se vaya el que ronque más fuerte), o un criterio operativo (que se vaya el que menos llore al sacarle de la cama). Me temo que todos los criterios apuntan hacia tu marido…🙂

Lo de los tres o cuatro años lo baso en experiencia personal, y en haber hablado con otras madres (huy, qué he dicho, si yo no soy una madre… creo que se me está pegando algo) que han practicado el colecho. Me temo que falta por hacer un estudio descriptivo-observacional sobre la duración habitual del colecho en las familias que lo practican.También precisamente por experiencia, en que hay niños que, habiendo dormido solos, es hacia los tres años cuando quieren dormir con su madre. Mi idea personal (sólo una interpretación, probablemente sesgada y basada en datos incompletos) es la siguiente:
1.- Lo biológicamente normal en nuestra especie, lo que ocurría antes de que las distintas culturas impusieran distintas normas, probablemente era que los niños dormían con su madre hasta los 10 o 12 años, y puede que más. Me baso en que los chimpancés duermen con su madre hasta los 5 (y tienen la pubertad a los 7), y en que no logro imaginarme a un niño de menos de 10 años durmiendo sólo y desnudo en el suelo, bajo las estrellas, y sobreviviendo.
2.- Vestidos, en una cuna, en una habitación, bajo un techo, evidentemente los niños sí que pueden dormir solos y sobrevivir. El problema es que ellos no lo saben.
3.- Hacia los 3 o 4 años, los niños empiezan a comprender que, en efecto, no corren ningún peligro durmiendo solos. Si los padres quieren que duerman solos, y se lo dicen con gracia, pueden convencerlos. Digo por experiencia que preferirían dormir acompañados hasta los 10 o 12, porque más o menos hasta esa edad quieren que les hagas mimitos, que les vayas a arropar, o intentan venir a tu cama ocasionalmente, o aparecen de visita el domingo por la mañana… Los de 15, en cambio, creo que no permitirían tales cosas ni pidiéndoselas por favor.Creo que muchos niños que han dormido con su madre desde el principio, hacia los 3 o 4 se sienten lo bastante seguros para dormir solos sin quejarse mucho.
4.- Este es el punto más polémico, pero también lo creo: pienso que aquellos niños que desde el nacimiento han dormido solos se sienten más inseguros, y que su evolución es precisamente la contraria. Un niño de un año que jamás ha dormido con su madre es incapaz siquiera de imaginar que eso es posible. Nota que le falta algo, pero no sabe el qué. Por eso los libros clásicos de pediatría y puericultura (como el Spock o el mismísimo Nelson) insisten en que «ni una sola noche los admitas en tu cama, porque se acostumbrarán y querrán volver cada noche». ¡Es como descubrir un nuevo mundo de posibilidades! Pero, si no lo ha descubierto antes, hacia los 3 o 4 años probablemente llega a imaginarlo, o a enterarse de alguna manera, y al mismo tiempo tiene más capacidad física para hablar, desplazarse y en definitiva imponer su voluntad. Así que es entonces cuando por fin consigue ir a dormir con sus padres, y luego tardará más en llegar a dormir solo, precisamente porque, al haberle faltado el colecho al principio, se sentirá más inseguro.Desde luego, no es que yo recomiende sacar al niño de la cama a los 3 o 4 años. Como tampoco recomiendo meterlo. Cada familia hará lo que crean conveniente. Lo que quiero es explicar, a aquellas familias que ya lo han metido en su cama (o están pensando hacerlo) que no están haciendo nada malo, que tienen perfecto derecho a seguir así. A quienes preferirían sacar al niño lo antes posible, puedo explicarles que, probablemente, hacia los 3 o 4 años lo conseguirán. Si alguien no ve motivo para sacarlo, y prefiere esperar a que el niño se vaya de puro aburrimiento, también me parece perfecto. Estoy seguro de que todos los niños se irían, tarde o temprano (de esto sí que tengo bibiografía, porque está escrito: «por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne». Eso lo dijo uno que sabía más que Freud, así que no creo que lo discuta nadie :-)Lo de sacar a alguien de la cama, evidentemente era en broma. Nosotros hemos estado la mar de bien tres en la cama, y nadie se tuvo que ir. Lo que pretendo señalar con mi broma es que nuestra sociedad ve perfectamente normal que un adulto de 30 años necesite compañía para dormir, pero no admite que un niño necesite lo mismo. Tanto que los que hablamos de que se vaya el padre lo decimos en broma… pero algunos dicen que se vaya el niño, ¡y lo dicen en serio! Mi mujer me dejó entrar en su cama hace casi 22 años, y todavía no me ha sacado, por lo que le estoy muy agradecido.Por cierto, creo que las necesidades del bebé, la mamá y el papá no son necesariamente incompatibles. Me consta que muchos padres disfrutamos enormemente de esos años en que tenemos niños en la cama. Es algo que más adelante se echa de menos.

La frase del día

Estudia qué quieres cambiar de tu vida desde el amor hacia ti misma.

Gracias Llucia.

Otro regalito más!

;)